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Meditación del día

Mejor son los gemidos indecibles que la mucha palabrería.

Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.                                                                                                                                                     Romanos 8:26

 

¿Alguna vez ha pensado que frente a un Dios soberano que mediante su decreto eterno ha predeterminado todas las cosas orar carece de sentido? Por ejemplo, si Dios ya conoce y predestinado a salvación a sus elegidos ¿Qué sentido tiene orar por ellos?

O tal vez sus meditaciones giren alrededor de la oración modelo establecida por Jesús conocida como “el Padre nuestro” donde nos indica el cuidado de tener en cuenta que nos dirigimos a un Dios Santo y le pidamos “venga tu reino” cuando Él es Rey y Reina sin nuestra solicitud. O la razón por la cual después de que le pidamos todo lo que necesitemos, espiritual y materialmente le digamos “hágase tu voluntad” desdeñando de nuestras peticiones.

Pero es importante que notemos lo que nos comunica nuestro texto elegido para hoy; y es que, aunque oramos, solemos pedir de manera equivocada. Juan Calvino dice “estamos como ciegos cuando oramos a Dios, porque al sentir nuestros males, el espíritu (nuestro-énfasis mío-) está confundido y embrollado de modo que no sabe elegir rectamente ni distinguir lo bueno y lo provechoso” Y todas estas cosas, queridos (as) hermanos (as) podrían desestimularnos en nuestra necesidad urgente y prioritaria de buscar a Dios en oración.

No hay duda de que la oración en sí misma entraña un misterio. Yo la llamo “el glorioso privilegio de los Santos”, pues de acuerdo con las Escrituras, fue diseñada por Dios para tener comunión directa con su pueblo y únicamente con su pueblo pues cuando Jesus dice “vosotros orareis así: Padre nuestro” …etc. Está dirigiéndose a sus verdaderos discípulos y que han sido no solo justificados, santificados sino adoptados como hijos suyos mediante la fe en Cristo por lo cual pueden (podemos) llamarle Padre.  Y Pablo dice en su carta a los Gálatas “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” y es aquí donde nuestro texto cobra sentido.

Dice Pablo unos versículos atrás que “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”. Así que “nuestros males”, como los llama Calvino que debido a nuestra “debilidad” nos confunden son la razón de las incertidumbres mencionadas atrás. Martyn Lloyd Jones dice que, en razón a esta debilidad que tiene como causa la caída del hombre (Gen 3) “somos débiles, propensos a una gran cantidad de malentendidos, conceptos erróneos y perplejidades… y esa debilidad se evidencia quizá más que en otras ocasiones, cuando estamos ocupados en el ejercicio más exige espiritualmente: la intercesión.” Y pone como ejemplo a Elías quien viéndose en peligro y en total depresión espiritual se sentó debajo de un enebro y deseando morirse oro erróneamente “…oh, Jehová, quítame la vida”. ¿Oro Usted alguna vez así?

Aquí cobra sentido de manera superlativa lo enseñado por Jesús “hágase tu voluntad” y no la mía. ¿Verdad?  Así que el Espíritu Santo “intercede por nosotros” en la intimidad nos comunica a nuestro espíritu, nos instruye llevándonos en muchas ocasiones a dejar las palabras “por gemidos indecibles” que Dios suele interpretar mejor que la “mucha palabrería” Es mejor un gemido, santo, sincero y nutrido de expectativa en El; que las muchas palabras articuladas por “los deseos de la carne” carentes de fe genuina.

Usted se preguntará ¿Cómo puede Dios entender mejor un estertor angustiado que las oraciones rutinarias diseñadas de manera inteligente para impresionar a Dios? Y la respuesta está en el subsiguiente verso de nuestro texto elegido “Más el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos. En pocas palabras cuando oramos verdaderamente, sinceramente en y por El Espíritu,  Dios oye, más que nuestras palabras “nuestros quebrantados corazones” los que por su humilde actitud son sincronizados (por así decir) con la voluntad divina para pedir lo que Él sabe que nos conviene para nuestra santificación.

Ore sin cesar, no repare en su debilidad, la oración es la fortaleza de los débiles. Mejor los gemidos indecibles que la mucha palabrería. Bendiciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

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