Categorías
Meditación del día

Una deuda que debemos saldar

A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor.Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma.                                                                                                                                                                                                            Romanos 1:14-15

 

Quizás usted, como yo, haya escuchado saludables disertaciones sobre si debemos algo a Dios por nuestra salvación y herencia eterna la cual ganó para nosotros entregado a su Hijo por amor a gentes de lo más vil de entre los hombres, a lo peor de los pecadores (de los cuales yo soy el primero).  Si la Salvación es por Gracia, es el argumento, pues la Gracia es un regalo, inmerecido sí, pero un regalo al fin, nadie y mucho menos Dios espera ( ni necesita) un pago por algo que otorgó de manera gratuita y de pura misericordia y esta manera de entenderlo es plausible; pero más allá de esta piadosa  manera de pensar, no sé Usted, pero yo me siento deudor de Gratitud y Gloria eterna que mana del amor con el cual El mismo abundó mi corazón y siete (número de plenitud) eternidades serán insuficientes para “pagarle” a mi Glorioso Señor.

Sin embargo, nuestro texto de hoy no está hablando de una deuda en este sentido. Pablo está dirigiendo a la iglesia en Roma  constituida por judíos y griegos (gentiles) y está desnudando su corazón diciéndoles  que, habiendo sido un declarado enemigo de Dios y Cristo, el mismo experimentó el poder de este evangelio que lo trasladó de “las tinieblas a la luz admirable “ y  sabiendo lo que ahora sabe de la condición humana sumergida y muerta en su maldad, entendiendo lo que ahora entiende de Dios y su ira que cada día revela desde el cielo contra los hombres quienes retienen con injusticia la verdad y ante el inminente juicio venidero del cual bien podrían los hombres salvarse si oyeran, entendieran, y creyeran este evangelio,  está bajo el deber, la urgencia y obligación de advertirle a ellos y todos los hombres que si no abrazan este evangelio se perderán eternamente.

Pablo ha sido comisionado por Dios para esto, pero ahora siente una tremenda deuda con la gente que solo considerará saldada cuando les proclame el Evangelio.  Pablo sabe de la “enfermedad terminal” con horribles consecuencias eternas que los hombres sufren: el pecado. Pero también conoce el remedio, la cura que compone “arrepentimiento para con Dios y fe en Jesucristo”. Y es él mismo quien afirma en esta epístola más adelante “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?

Hay características particulares de un verdadero creyente tales como un inmenso amor por Cristo, hambre y sed de su Palabra y una nueva disposición a agradar a Dios, aun luchando contra su vieja naturaleza, y son maravillosas, pero hay una que es desbordante e incontenible y es predicarles a otros la vieja historia de la Cruz de Cristo. Pablo resume este “frenesí” (Exaltación violenta del ánimo, especialmente de una pasión) en una frase dirigida los corintios en su segunda carta:

“teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos,

Permítame preguntarle ¿si usted ve venir a lo lejos un carro desbocado y sin frenos que matara a decenas de personas entre las cuales se hallan seres queridos Usted no gritaría con desesperación sálvense? ¿Si advirtiera un tsunami a cincuenta millas de una playa donde miles de personas, despreocupadas juegan y se divierten, y allí, además, están los suyos, pudiendo, no les diría a voces corran para que no mueran?

Si a Usted se la ha traído una gran salvación ¿por qué le es tan difícil testificar de ella? Pablo da la posible razón al declarar “porque no me avergüenzo del evangelio porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree

Déjeme animarle citando al mismo apóstol: “¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!

No querido(a) hermano(a),la gran comisión: “Id por el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” no fue solo para los apóstoles sino para toda la iglesia. A Usted como a mí “ y a todos los creyentes nos fue impuesta:

Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!

Estamos endeudados con el prójimo y es una deuda que debemos saldar. Amen, amen y amen.

 

 

 

Una respuesta a «Una deuda que debemos saldar»

Responder a Luis Alfredo Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *