Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará.
Mateo 8:8

Seguramente Usted conocerá el contexto de nuestro pasaje para hoy, vino a Jesus un gentil, un oficial del ejército, con una necesidad tremenda diciéndole al Señor “postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré”.
La respuesta de este, que se halla en nuestro texto elegido para hoy, sacó de la boca de Jesús una expresión de admiración, la actitud del corazón de este “perro” (como seguramente lo llamarían los judíos) conmovió al Señor: “Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe”. Oh, querido(a) hermano(a) esto es lo que hace la fe en el ser más vil y menospreciable, despertar gozo complaciente en su Salvador.
Este hombre, del que menos se esperaba, mostró una inusual confianza en la Palabra de Dios y su autoridad como la que casi ningún de los Israelitas manifestó. Es fácil estudiar y concluir de manera intelectual que la Biblia por ser reconocida palabra de Dios es inerrante, infalible y absolutamente autoritativa y otra cosa es descansar en estas realidades de la Palabra de Dios como un niño absolutamente confiado tomado de la mano de su buen y gran Padre.
Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo…
Ante la misericordiosa respuesta de Dios a la solicitud de un corazón henchido de fe genuina, a diferencia de la arrogancia farisaica (propia de uno que confía en su religión, moral y buenas obras) este creyente, pues de no ser la fe que viene de Dios no hubiera despertado la admiración del Señor, pues “sin fe es imposible agradar a Dios”, este creyente repito, respondió como es propio de uno descrito en el sermón del monte (Mateo 5-7) como “un bienaventurado pobre de espíritu”. No se presumió digno, sino que se humilló quebrantado a la Gracia irresistible de Jesús. Oh si confiáramos menos en nuestra religión y nuestra propia prudencia y nos apoyáramos solo en sus gloriosas promesas dadas en su Palabra, si verdaderamente creyésemos de todo corazón, como dijo Cristo mismo a Martha frente a la tumba del que estaba a punto de resucitar (Lázaro) “no te digo que si creyeres veras la Gloria de Dios”
solamente di la palabra, y mi criado sanará…
Solamente habla LOGOS es lo que en palabras sencillas le dice el centurión a Jesus. Recordemos él es LOGOS, “en el principio era la Palabra y la Palabra era con Dios y la Palabra era Dios” …Y la Palabra encarnó en Cristo” Mateo nos describe que lo que su propio pueblo (judío) no vio, mediante la Fe este gentil pudo verlo. Resplandeció. Ante el resplandeció “la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”.
Di la Palabra: John Flavel, el puritano, dice que “Una palabra de Dios puede hacer más que lo que diez mil palabras de hombres podrían hacer para aliviar un alma angustiada”. Solemos acudir, en medio de nuestras aflicciones a los hombres, o mejor a un hermano en la fe, en el mejor de los casos a nuestros pastores, y sin son verdaderos instrumentos divinos nos guiarán al único que puede aliviar nuestra alma desesperada Dios mediante su Palabra.
Este soldado romano, por la fe supo y se encomendó a la Palabra de Dios para que su corazón angustiado recibiera alivio y más aún; la sanidad de su criado.
Por favor, no hay quien pueda responder de semejante manera sino Cristo mismo. Búscale de todo corazón, abre la Biblia y en oración suplíquele, DI LA PALABRA SEÑOR…
